¿Qué puede hacer que una película que cuenta la
relación entre un padre (Martín), que cree estar de vuelta de todo y tiene
pavor al compromiso afectivo, y su hijo (Hache), un joven que aún no ha
encontrado el sentido a su existencia sea digna de ver y elogiar?
PRIMERO, sus diálogos: concisos, desgarradores,
profundos, reflexivos y tan sinceros que traspasan la pantalla.
SEGUNDO, las actuaciones de los protagonistas,
cuatro monstruos de la interpretación que se entregan en cuerpo y alma. Luppi y
Botto están espléndidos, pero más aún lo está Poncela y sobre todo Cecilia
Roth, que alcanza una de sus cimas interpretativas.
TERCERO, que vuelve a poner en el punto de mira al
cine argentino y demuestra que solo este es capaz de utilizar el lenguaje con
tanta precisión y energía, poniéndolo al servicio de un guión brillante.
CUARTO, que incorpora una teatralidad que da
frescura a la narración y no la hace nada aburrida, rompiendo así el tópico de
que las películas “discursivas” o reflexivas son soporíferas.
QUINTO, que el gran Adolfo Aristarain construye un
universo de personajes al borde del abismo y entrelaza sus pensamientos e
inquietudes, que pasan por el amor, la patria, el sexo, el trabajo, la amistad,
el compromiso o la muerte; sacudiendo la mente y el corazón del espectador
y SEXTO, el hecho de que tras años de su estreno
siga grabada en mi cabeza y en la de muchas otras personas, lo que nos recuerda
que las grandes películas (como esta) son las que consiguen hacer que nos
olvidemos de que todo ocurre tras una pantalla.
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